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René López Sánchez, In memoriam

Heriberto Guerrero Bógar


Ese sábado 27 de diciembre íbamos contentos al lago de los Caimanes, el cual se encuentra en el fondo de la barranca de Huentitán. Participaríamos en un campamento en el que se realizarían cambios en algunos de los mandos de los voluntarios de la Cruz Roja.

Llegamos temprano y empezamos a organizar todo, como en cada evento de este tipo. Cada jefe de sección diseñaba planes para la enseñanza y organización de su personal.

Se hizo la noche y Jorge Barragán comenzó con la clase de comunicación clave morse con lámpara. Mientras, algunos seguían armando las casas de campaña y otros recogían leña para la fogata para preparar la cena.

Este campamento, que cambió mi vida, me hizo sentir que tenía que aprender a nadar. Sí, yo era socorrista, mas no teníamos ninguna información sobre cómo proceder para rescatar a alguien que estuviera en peligro de ahogarse. Fue un pensamiento que en algún momento llegó a mi cabeza.

Recuerdo que llevamos cobija de alacranes, requisito obligatorio. Cobija de alacranes es igual a pomo de tequila; se trata de una clave secreta que usábamos para que no dijeran nada los jefes; pero aquellos jefes que conocían la clave llegaban a pedir su cobija de alacranes.

A la mañana siguiente empezó el trajín normal de todo campamento. El Bógar empezó a chingar despertando al personal de todas las secciones mientras los jefes se dedicaban a organizar las actividades del día.

Recuerdo que fui el más competitivo en rescates y servicios fuertes. Me llevaba las cosas más pesadas como sogas, camillas, jóvenes que flaqueaban, etc. Jacinto Delgadillo me decía “El Blandito”, aunque yo pesaba cien kilos y medía un metro con setenta y cinco, era el más alto de los socorristas.

Empezó la labor en el campamento de diciembre. A René López Sánchez, uno de nuestros compañeros, lo iban a nombrar comandante.

Después de desayunar dieron comienzo los honores a la bandera y, en el momento indicado, se mencionarían los cambios de jefes, como indicaba el protocolo.

Cuando estábamos en los honores escuchamos que alguien se estaba ahogando y así, sin pensarlo mucho René, el futuro comandante, corrió y se lanzó al agua con su uniforme completo.

Al poco rato salió del agua para quitarse las botas porque le pesaban y no le permitían maniobrar para el rescate; volvió a meterse al lago, pero en el intento por salvar a esta persona, por el esfuerzo realizado, lo frío del agua y las características que dicen imperan el charco, empezó a hundirse para no volver a salir a la superficie, ahogándose en una zona profunda.

Varios de nosotros tratamos de sacar del agua a René, pero no lo pudimos salvar ni recuperar el cuerpo del compañero que perdió la vida tratando de rescatar a quien estaba en riesgo de perder la suya.

Francisco Lagos trató de sacarlo, lo mismo que Víctor Manuel García Rendón “El Mugres” y Jacinto Delgadillo. Varios más intentamos llegar hasta donde se había hundido René, pero desgraciadamente no pudimos sacarlo vivo. Fue un momento tan impactante que de repente todos nos quedamos en silencio y la impotencia se apoderó de todos.

Al parecer René sufría problemas cardiacos, lo que probablemente influyó en su muerte. Lo triste es que no pudimos sacarlo vivo y se ahogó enfrente de todos.

Alguien comentó que quien se estaba ahogando sólo estaba bromeando; de cualquier manera, después de que René se perdiera entre las aguas no se supo más de esta persona. Perdimos a un compañero, un joven que dio ejemplo de lo que hay en el corazón de quien entiende el significado de dar todo por el que sufre, lo que hay en el corazón de los que fuimos Cruz Roja en ese entonces.

Para el rescate de René se pidió apoyo a buzos de Cruz Roja de otras delegaciones. Haciendo uso de los recursos limitados disponibles en ese entonces en cada dependencia se trabajó por varios días, aportándose además enseres para alimentos para el personal que participó en el rescate.

Yo estuve toda la semana en el campamento, en espera de recuperar su cuerpo. Los jefes y demás compañeros estuvieron con la familia de René tratando de dar apoyo moral ante tan lamentable pérdida. A Hugo Cueto le correspondió dar la terrible noticia a la mamá y al hermano, un duro golpe para ambos.

Nos turnamos para revisar el lago día y noche, a la espera de que el cuerpo de René saliera a flote. Fue hasta la madrugada del sábado 5 de enero cuando Felipe de Jesús Quintero notó algo en la superficie. Hugo Cueto me pidió que fuera en la lancha hacia el punto señalado por Quintero.

Tamayo y yo nos metimos al lago para dirigirnos hacia el lugar. Mientras Tamayo remaba yo buscaba con la luz de la linterna; en el sitio señalado no había nada, pero le pedí a Tamayo que siguiéramos remando más adelante, y de pronto descubrimos el cuerpo de René flotando. Nos acercamos, y sin pretender subirlo porque ello ocasionaría una volcadura, lo tomé del cinto de lona y nos dirigimos a la orilla.

Antes del llegar hicimos señas con la lámpara. En la playa ya tenían preparada la camilla para amarrar y subir a René. Todos callados y tristes comenzaron las maniobras. Yo me quedé solo, con todo el equipo, llorando por René y mi impotencia de no haberlo salvado.

Los buzos que fueron nunca lograron encontrarlo porque, decían, había muchos remolinos bajo el agua, los cuales dificultaban la localización del cuerpo.

El domingo, como a las once de la mañana, llegó un señor con once mulas para cargar los enseres y el equipo. Me puse manos a la obra, pues siempre me tocaba hacer lo más fuerte, lo más pesado y también lo más peligroso.

Esta experiencia nos enseñó, entre otras cosas, a nunca hablar de temor, a no tener el miedo como obstáculo, y mostrarles a los voluntarios el valor, sobre todo el valor de un socorrista, a que no piensen que no pueden, a buscar soluciones en cualquier situación por difícil que parezca.

Dolor, alegría, enojo, todos los sentimientos vividos por personas comunes haciendo cosas poco comunes, dando la mano a quien lo necesita a pesar de no conocerle, esa es la finalidad del altruismo que como voluntarios desarrollamos en la sociedad.


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