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La loba (prevalecer)

Alejandro Ceja Estrada


Había empezado a perder el pelaje, el color de su piel se hacía amarillento, las orejas se encogían, aunque todo lo demás aumentaba de tamaño. En un principio pensé que el cuerpo comenzaba a descomponerse, pero cuando los espasmos de la loba se volvieron frenéticos supe que, en realidad, se estaba transmutando.

La había visto por primera vez a la orilla del lago, recién entrada la primavera, estaba sola y a merced de las jaurías de lobos. Sentí compasión por ella porque compartíamos la misma soledad. Estaba seguro de que no sobreviviría muchos días.

Sin embargo, cada mañana la podía ver bebiendo agua del lago, reposaba a la orilla y me veía orar, a la distancia, a los pies de la tumba de mi Alicia. Hasta que el frío llegó, vientos helados que deshojaron los árboles y congelaron el lago. Había visto sobrevivir sola a la loba, pero de este invierno no se habría de salvar.

Así fue, una mañana llegó a la puerta de mi cabaña, aullando de dolor. Cuando salí, huyó asustada hasta echarse sobre la tumba de Alicia. Tenía heridas en todo su cuerpo, seguramente fue atacada por una jauría, y antes de que yo pudiera terminar con su sufrimiento, murió desangrada sobre el sepulcro de mi esposa. La compasión que sentía por la loba me llevó a meterla a la cabaña. Su cadáver no tardó en experimentar cambios.

Ahora, cada mañana se hace más evidente. Su piel morena, su cabello castaño que comienza a crecer, sus labios colorados… mi Alicia está volviendo.

Alicia gruñe, alcanzo a escuchar sus convulsiones que la obligan a golpearse contra el suelo, el viento de la noche silba fuertemente. Voy a verla, ha dejado de retorcerse. Se levanta del suelo con dificultad, sus torpes movimientos parecen desesperados. ¿Hay algo de rabia en ellos? Ya de pie, se arroja hacia mí, me clava sus garras, que no transmutaron. Abre su boca y me muestra sus colmillos, puedo ver en sus ojos agudos un hambre inmensa. Entonces me di cuenta: dentro, el alma de la loba había prevalecido.


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